viernes, 9 de septiembre de 2016

La lección de Cairo


Cairo; foto de Ricardo Chaves

Como en esta vida nada sucede por casualidad les voy a relatar lo que llamo “la lección de Cairo”, un importante aprendizaje que pude comprender después de convivir con un pug. Cairo era un perrito compartido en pareja y en familia. Me lo pidió mi compañero para su cumpleaños, un regalo muy especial, y según sus palabras era “para llenar una necesidad psicoafectiva”. Ahora después de ser una incondicional compañía y fallecer puedo volverlo a ver con gratitud y reconocer su propósito con nosotros. Para mí fue un regalo del universo para ponerme en contacto y estrechara la relación con un perro y experimentara, en edad adulta, una de las formas de devoción amorosa y fraternal lealtad más refinadas de que la humanidad pueda disponer. Ahora lo veo como un mensajero divino dispuesto a ser el aventurado pionero que le tocó sensibilizar fibras emocionales y también energéticas que me acompañaron por un período de más de ocho años en un proceso de auto descubrimiento.

Un perro, por las características de su especie, siempre nos va a mostrar una gran dedicación, extrema lealtad y un amor sin condiciones, pero esto es lo más obvio. Más sutilmente recibimos energías sanadoras, una compenetración increíble en resonancia directa con nuestro campo emocional. Nos mejoran al balancear para bien nuestras emociones, sentimientos y pensamientos y sin que sepamos cómo, disuelven los bloqueos emocionales, afectivos y los desajustes anímicos.

Uno cree que elige el perro a su gusto, pero ahora creo que es al revés, él es el que nos elige para darnos una importante lección. Nos prefieren para estar en la misma sintonía emocional y sí, posiblemente para suplirnos una carencia afectiva o de su grupo adoptivo como sólo ellos lo saben hacer. En general nuestras mascotas atan su energía a la del ser humano a un nivel en que nos volvemos uno en cierto nivel de vibración.

El vínculo humano-perro es más profundo y hay una comprensión más compleja de lo que uno cree. Escogen ser parte de nuestras familias y se integran como si fuéramos su manada. Se nota como es su comportamiento cuando se siente querido al evidenciar que su principal regocijo es la sola existencia de sus seres amados. Tienen la misión de enseñarnos los alcances posibles del amor incondicional. Si revisamos la historia de la convivencia humana con los perros vamos a encontrar que entre la humanidad y estos seres forjamos una sólida alianza para enfrentar los desafíos de la supervivencia. Se han aportado muchos estudios científicos de cómo esto sucedió, por ejemplo; la habilidad del habla del humano parece ser una consecuencia de la asociación prehistórica con los perros que olían por el hombre primitivo. Al asumir los perros este rol de detección de olores tenues los primeros humanos ya no necesitarían de las estructuras faciales para este propósito; por tanto los lóbulos olfatorios nos permitieron desarrollar rasgos faciales más flexibles y capaces de producir sonidos más complejos. En nuestros antepasados se redujo el mes-encéfalo que controla las emociones y la información sensorial. Del perro se sabe que hubo una rotación del cerebro y el posicionamiento del lóbulo olfativo. La crianza selectiva de perros domésticos ha generado grandes cambios en el cerebro y la apariencia canina, pero hay cosas básicas que ellos necesitan; el comunicarse con sus congéneres, responder a la conducta jerárquica y a los rituales grabados en lo más profundo de su memoria. Ellos mantienen vigentes las leyes de su naturaleza. Muchas veces los humanos proyectan sus desequilibrios y descompensan al animal, lo que es perjudicial para ambos.

Si esto sucedió con la evolución de las percepciones y características físicas tanto humanas como perrunas también se ha estudiado lo que significó la simbiosis hombre-perro para la evolución cerebral de las dos especies. Los humanos y los perros nos especializamos en funciones diferente.
En cuanto al perro, con mucho más impacto en su forma corporal dada la plasticidad en el genoma canino. Se convirtieron en un buen reflejo de lo que son sus cooperantes, incluso a nivel cultural y económico de la sociedad. Aprendieron de alguna manera a comprenderse y colaborar.

Los perros pueden captar las emociones observando las caras humanas. El perro tiene cuarenta veces más células olfativas, y superan por cerca de un millón de veces al olfato humano. Detectan hasta los cambios químicos corporales, especialmente si hay estrés, ansiedad, dolor o enfermedad. Tienen la notable capacidad para adivinar sus intenciones. Nos brindan muestras de empatía cuando  atravavesamos un momento emocional difícil al acrecentar su vínculo afectivo y de cercanía emocional.

Hay además de estudios científicos otros insumos más esotéricos que nos llegan a través de canalizadores, para ellos “hay unas dimensiones profundas del yo animal que son parte de la mente colectiva grupal de la especie entera”. Esto lo expresó un miembro un ángel canalizado para que entendiéramos el papel que cumple esta  extraordinaria empatía trans-especie y  que involucra a las mascotas con la evolución del Alma humana y del propósito de la humanidad en su conjunto. Las mascotas, tanto perros como gatos, están directamente involucradas en la evolución de la raza humana y de su paso a una consciencia planetaria que está decantándose hacia otro nivel. Ellos tiene la misión de proceder como “benévolos asistentes dadores de energía” para compensar a quienes se tuvieron que embeber densamente en el Plano Terrenal. En general, entre las mascotas y toda la humanidad se llegó a crear una “consciencia mezclada”, lo que este ángel llama; una tercera conciencia resultante de la simbiosis hombre-perro. La conciencia grupal del perro que antes estaba centrada en su manada ahora está fusionada energéticamente con la nuestra, hemos crecido juntos en consciencia e identidad, por eso los humanos debemos reconocerlos como nuestros guardianes. Lo que compartimos con las mascotas son en realidad dimensiones paralelas, un alineamiento a nivel espiritual. Kuthumi dice a través de su canalizador que  “esta vibración entre el Ser Humano y el animal se forma una energía muy especial que le posibilita al ser humano abrirse a energías más elevadas”. Ellos nos escogieron y juntos logramos una fusión única que ahora además es un fragmento de la consciencia total. Sucede que son capaces de despertar el flujo afectivo y la energía necesarias para expandir el campo de nuestra consciencia emocional.

Tienen la notable capacidad para adivinar nuestras intenciones. Nos brindan muestras de empatía cuando atravesamos momentos emocionales difíciles, acrecientan su vínculo afectivo y cercanía emocional. Su extraordinario poder olfativo y audición es capaz de percibir hasta las sutilezas de nuestro estado de ánimo. Es su simplicidad y adaptabilidad lo que marca la profunda empatía con la que comparten un momento especial en nuestras vidas. Si me proyecto hacia atrás puedo comprobar que desde que amé a ese perrito tuve un importante crecimiento. Se pasaba proyectando frecuencias vibratorias benéficas con solo los vórtices energéticos que dibujaba cuando hacía giros de alegría y movía su colita cuando me veía llegar. Era muy apegado y necesitaba siempre del calor y la compañía de nosotros. 

Un perro nunca nos pregunta quiénes somos, de dónde venimos o qué tienes, es solo la mejor ayuda que se puede tener si quieres limpiar tu campo emocional. Te hace retornar a tu más pura esencia. A mí siempre me ha impresionado el poder olfativo y de audición que tienen, son capaces de percibir hasta mi estado de ánimo. Siento que sus sentidos tan refinados solo pueden ser obra de un Plan Divino. Que su corazón físico es pequeño pero su espíritu bondadoso es enorme.

También Kuthumi por medio de su canalizador dice que cuando dejan al ser humano, lo hace por un cierto motivo y en el momento correcto. Aunque duela mucho, está viviendo un determinado proceso y en ese momento que te hace avanzar un poco más. A la hora que te dejan se pueden sentir las energías y sentimientos del dolor porque este animal y es allí cuando se aprende a trascender al apego.


El aprendizaje de Cairo es que se podía ser desde el amor y la lealtad, desde la comprensión y la confianza. Me dio la posibilidad de dimensionar nuevos caminos compartiendo el lenguaje del corazón. Él me acompañó, por resonancia, en el proceso de abrir mi propia alma y me permitió  sentir la verdadera profundidad de la entrega y una parte poco explorada del amor propio. Si ellos nos acompañan en la evolución espiritual también están en el camino de este transitar y lo estamos haciendo juntos. Somos un solo organismo vivo, todos en la Tierra aunque hay una aparente separación que es solo el resultado de la limitada capacidad de nuestros sentidos. Ellos, los perros, ya están en campo del amor infinito y nos están esperando.  Para mí la lección más importante es que ellos pueden abrirse y sostener una vibración compasiva hasta por años. Esto también lo estamos logrando a través del yoga, cuando aprendemos a abrir el chakra del corazón activando la onda de la compasión y que con la constancia sostenemos como una frecuencia entonada con la que confrontamos todas nuestras experiencias y pruebas. Es una lección sencilla, “nada extraordinaria ni especial”. Cuando muere ya la onda ha estado latiendo por años, ya es imposible que se disipe por lo que transmuta o se transforma en una forma de renuncia. Nos muestra que el apego es un sentimiento que nos impide liberar y dejar partir a nuestros seres amados.   Nos enseñan a morir habiendo terminado su contrato acá en la Tierra y dejándonos unidos por ese lazo compasivo, ascendiendo también un peldaño en la evolución en la que también participa por su elección de acompañarnos. Su memoria resuena en lo inolvidable como una canción que abraza el eterno presente. 


Cairo; foto de Ricardo Chaves


Nota de despedida: En una pequeña reunión con una amiga Rodo nos contó que una de estas madrugadas, cuando iba para el trabajo casi amaneciendo, estaba la enorme luna llena poniéndose al oeste. Aún con el reciente duelo por la muerte de Cairo miró esa gran luna y sintió que era el momento para despedirse y soltarlo para que disfrutara en adelante de su paz. Como era epiléptico Cairo era susceptible a los ciclos lunares y sabíamos que eran más frecuentes si se aproximaba la luna llena. Por eso era tan especial ese momento en que de cara a la luna se reconciliara con ella. Yo vi esa luna ya en menguante unos días después y pude comprender a profundidad ese simbolismo porque todos nos vimos involucrados las consecuencias de su enfermedad y en su cuido. Nunca sabremos cuando termina una despedida, pero a mi pequeño amigo le digo; ya estás descansando, corriendo sano en una pradera de pastos suaves, helechos y rocío. Te entregaste con devoción, fuiste leal y compasivo con todos nosotros, tu familia, tu manada. Te mereces un rato de ocio, una holganza en tu viaje de crecimiento como energía luminosa. No te olvidaremos porque te voy a ver en cada arcoíris y en los jardines con helechos y flores. Estarás en mis rezos más agradecidos y cuando me perdono para fortalecerme. Ahora sé un bello amor, como lo fuiste siempre, en esta tu nueva forma. Sé dichoso y radiante porque en tu corta vida aprendimos lo que es la dedicación amorosa, la simplicidad y la lealtad. Enaltecemos y honramos tu memoria por halagarnos con tu dedicación. Te soltamos, como cuando te quitábamos la correa, para que reposes feliz en un millón de abrazos de divinidad. Espero también que te reconcilies con la luna y que de noche duermas apacible bajo su luz. Hasta pronto amiguito amado.

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